Verdad epistemológica y verdad ontológica

Alrededor del problemático concepto de verdad, pueden distinguirse dos concepciones contrapuestas: la verdad epistemológica y la verdad ontológica. La verdad epistemológica es el concepto de verdad como propiedad de nuestro discurso, construido a partir de nuestro conocimiento (episteme), y considerado como correspondencia entre el discurso y la realidad o lo que es o como característica de coherencia del discurso, esta última denominada también verdad lógica. La concepción epistemológica de la verdad es la que utilizamos habitualmente y por ello suele denominarse del mismo modo verdad pragmática.

Por otro lado, la verdad ontológica (de ontos, "ser") es un concepto de verdad que permanece fuera del individuo y a la que este accede por descubrimiento. Un ejemplo claro de concepción ontológica de verdad es aquella que desde el cristianismo identifica a Dios con la verdad absoluta. Los orígenes de esta concepción se encuentran en Parménides, quien estableció que solo podía llegarse a la verdad a través del logos o discurso, como pensamiento o discursos, pero también como ley universal que gobierna el mundo.

Conceptos de verdad

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El movimiento se demuestra andando es una frase atribuida al filósofo cínico Diógenes de Sinope que defiende el principio de evidencia de las cosas y el pragmatismo, frente a las disquisiciones y discusiones que los antiguos filósofos griegos de su época desarrollaban sin ninguna conclusión en relación a la naturaleza y realidad del movimiento. Hoy en día se utiliza en general de forma irónica para expresar el sinsentido de analizar, discutir y poner en duda por cuesntiones menores afirmaciones y realidades evidentes.

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Materialismo epistemológico

El materialismo epistemológico es la postura filosófica que afirma que el conocimiento sólo es posible apelando a la realidad material o física de las cosas, en tanto en cuanto dicha realidad es observable y por tanto susceptible de evidencia empírica, careciendo de este modo de valor todo enunciado de carácter metafísico.

Libre albedrío

El libre albedrío es la capacidad libre y autónoma que tiene cada individuo de elegir y decidir en lo que atañe a su vida en base a su voluntad personal propia, utilizando para ello la razón, su instinto o basándose en sus intereses propios. Es una faceta básica y fundamental de la libertad individual. El libre albedrío ha sido objeto de reflexión filosófica a lo largo de la historia, relacionado sobre todo con el debate entre determinismo, por un lado, según el cual todo está fijado de antemano, incluso nuestro comportamiento, de forma que en realidad no tenemos capacidad de elección, e indeterminismo, por otro, posición contraria según la cual sí habría espacio vital para que cada uno construya su voluntad y su vida. 

Mal absoluto

El concepto de mal absoluto o mal radical, mas allá de su acepción común y corriente de mal extremo o mal sin límites y dada su transcendencia y su repercusión en la vida de la persona, plantea la necesidad de análisis a nivel filosófico en relación a la naturaleza y origen de ese mal. Fundamentalmente dos han sido los filósofos que han reflexionado sobre estos aspectos: Immanuel Kant (1724-1804) y Hannah Arendt (1906-1975), esta última sobre todo a la violencia y maldad extrema del nazismo. Kant afirmó que los seres humanos desarrollamos tendencias tanto hacia al bien como hacia el mal; entre esas razones y variantes de mal, el grado más extremo correspondería al de la perversidad, como resultado de subordinar la decisión de si una actuación es moral o no a intereses y principios ajenos a la moral (por ejemplo, principios económicos o biológicos), de modo que el mal absoluto surgiría de la destrucción de la voluntad como expresión genuina de la razón. Desde este punto de vista, Kant rechazaría la existencia de personas que se guían por la perversidad como elección, al contrario, la perversidad sería una falla, una grieta en la razón humana.

Por su parte, Hannah Arendt realizó un análisis mas sociológico y político que antropológico, en relación al desarollo del mal absoluto, que ella dió en llamar banalidad del mal. Para la filósofa, que sufrió en primera persona los zarpazos del nazismo, la fuente y origen del mal absoluto provendría de los totalitarismos como ideologías  y sistemas políticos, racionales y corruptos a la vez, banales y perversos al mismo tiempo. Arendt puso el acento además en la reflexión sobre lo ilimitado e insoportable del mal absoluto, afirmando que desde esa definición el mal absoluto debe ser imperdonable, precisamente por hallarse fuera de todo límite o atisbo de humanidad. Sin embargo, su valoración sobre la maldad de individuos en concreto, sobre todo en relación a los asesinos nazis y especialmente al criminal de guerra de las SS Adolf Eichmann, apresado por el servicio secreto israelí en 1960 y cuyo juicio donde se le dictó pena de muerte siguió y analizó, era ambigua en el sentido de que los exculpaba de la maldad de sus actos y los considerada meros funcionarios al servicio de un sistema totalitario, que cumplían a rajatabla y con perfecta eficiencia con los atroces actos que se les encomendaban. De ahí su conocidad expresión valorativa del mal absoluto como banalidad del mal.

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